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Miles de chilenos hoy se esfuerzan para alcanzar la meta de la Teletón. Pero la donación no siempre se trata de dinero. Hay gente que entrega partes de su cuerpo, piel, sangre, pelo u órganos. Las razones son bien distintas: ayudar a un niño, a un familiar, reparar un daño, permitir que otros sean padres, encontrar curas para enfermedades o salvar vidas. Estos son testimonios de diez personas que cuentan qué significa darle a otro parte de uno.

Por Noelia Zunino28 de noviembre del 2015 / 01:10 Hrs

Sangre, Juan Guerrero (44)

En diciembre van a ser 30 veces las que he dado sangre desde 2008. Empecé porque a un compañero de oficina le descubrieron cáncer y necesitaba donantes. Yo odio las agujas, pero como era un conocido, fui. Ahí me di cuenta de que las familias están en un momento muy complicado y más encima tienen que preocuparse de conseguir dadores.

Desde esa vez voy  a la Clínica Alemana cada tres meses, que es lo mínimo, porque no te dejan ir más seguido. La sangre me descompone y me he fatigado un par de veces al verla, pero llevo mis audífonos, escucho música fuerte y miro para otro lado. Hay que tener ciertos cuidados, pero pocos. Yo soy bien alérgico, pero antes de donar dejo los remedios, son dos semanas en que hay que aguantarse.

A algunos familiares les ha llamado la atención y han comenzado a hacer lo mismo. El proceso en sí no toma más de 10 minutos, finalmente uno no se demora más de media hora y te da una satisfacción muy grande porque ayudas anónimamente con algo que no se puede conseguir de otra forma.  Cada vez estoy más seguro de que es lo correcto y que la gente no lo hace más por desconocimiento que por falta de interés.

Plasma, Paulina Walker (32)

Soy una de los 35 pacientes que tuvo virus Hanta y que desde 2007 donamos plasma para la investigación científica. A fines de los 90, cuando tenía 14 años y tres semanas después de un viaje al sur, caí en la UCI de la Clínica Alemana y en las manos del doctor Pablo Vial, reconocido por sus estudios sobre el virus. Al mes ya estaba bien y sin secuelas. Cuando un par de años después me llamaron para ser parte del estudio, partí sin pensarlo. Desde entonces he donado cuatro veces plasma, que es la parte líquida de la sangre, de color amarillento y más densa que el agua. En cada toma, que dura alrededor de tres horas, me extraen 800 centímetros cúbicos de este compuesto, que se usa en dos o tres pacientes. La gracia es que posee los anticuerpos que yo ya generé contra la enfermedad, algo que no tienen los enfermos en su etapa inicial y por eso se les transfiere hasta que ellos empiecen a producir los suyos. Empezaron con este proyecto en 2008 y desde entonces la letalidad cayó de 35 a 13 por ciento.

¿Cómo no hacerlo? ¿Cómo no voy a donar mi plasma si con eso puedo salvar una vida? Es una decisión voluntaria y altruista,  pero sé lo que están pasando esas familias porque nosotros también lo vivimos. Por otro lado está el aporte a la ciencia. Ahora, creo que si no me hubiera pasado esto, jamás me hubiera imaginado que iba a donar una parte de mí para una investigación. Soy diseñadora, totalmente ajena a ese mundo. Pero también pienso que no hay más donación por la falta de información. No todo es plata: aunque de todos modos contribuye mucho porque si no hay financiamiento, no se puede seguir avanzando en la búsqueda, por más donadores que haya. Eso me da rabia.

Cuerpo, Dubilia Albornoz (80)

“¿Puedo ser útil después de la muerte?”, fue algo que empecé a plantearme al llegar a los 70. Le pregunté al médico que me estaba viendo y así llegué a hablar con Miguel Soto, anatomista y encargado del programa donación de cuerpos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. Ahí encontré la respuesta y decidí entregarle mi cuerpo a la ciencia.

Han pasado 10 años desde entonces y todavía no me muero. Alguna misión me quedará aún. Los alumnos de Miguel me echan tallas. Me dicen que me van a cuidar harto cuando me tengan ahí. Otras personas me preguntan si me da nervio. ¡Pero qué me va a dar si voy a estar muerta, ni me voy a enterar! Así es que por el contrario, estoy orgullosa. Entiendo que pueden usar un cuerpo al menos por 40 años, así es que muchas generaciones de médicos aprenderán conmigo.

Cada vez que puedo, además, pongo el tema en los talleres para adultos mayores a los que voy. He logrado que al menos otras cinco personas se inscriban en el programa. Los más jóvenes dicen que lo van a  consultar con sus familiares. Yo les digo que mi cuerpo es mío. Mis hijos no saben de mi decisión porque hace años que no los veo.

Es mejor así, sin molestar a nadie, sin sepultura. Me harán una misa en la misma universidad y listo. Y en una placa pondrán mi nombre junto con los de tantos otros que han hecho lo mismo. Todos los años hacemos una misa por ellos y asisten los familiares. Conocí al menos a 10 personas de las que están ahí.  Yo voy detrás de ellos.

Pelo, Gonzalo Moncada (29) 

Hace 10 años, cuando salí del colegio, me dejé el pelo largo, y de un día para otro, me cansé y me lo corté. Alguien me dijo que lo podría haber donado y me quedó dando vueltas. En paralelo conocí  a una señora que tenía cáncer y me dijo que además de todo el sufrimiento, le molestaba no tener pelo. Ahí supe que a los enfermos eso los desmotiva mucho. Hace dos años decidí dejármelo crecer sólo para donarlo. Pero antes tuve que pensar qué iba a hacer con mi vida laboral porque hay empresas que no te dejan andar así. Soy seleccionado nacional del programa ADO en tiro al blanco e ingeniero mecánico, y en ese momento no sabía si dedicarme exclusivamente al deporte o trabajar en una oficina. Como me independicé y abrí una importadora de artículos deportivos, me lo dejé crecer.

Hasta hace un mes el pelo me llegaba a la mitad de la espalda. Desde hace un rato que me molestaba, pero me daba lo mismo porque tenía muchas ganas hacerlo. Empecé a ver dónde podía darlo y a través de la Fundación Nuestros Hijos llegué a pelucas Avatte, que desde hace años fabrica este tipo de accesorios para los niños enfermos. Piden al menos 30 centímetros de largo. Viajé de Rancagua y me lo cortaron. Me hizo muy feliz porque fue una decisión concienzuda que significó esperar pacientemente dos años. Es lindo poder ayudar en algo más comprometido y ahora quiero volver a hacerlo, siempre y cuando pueda, eso sí,  porque al parecer la alopecia llegó para quedarse.

Embriones, Sandra (41)

Al comienzo de los tratamientos de fertilidad lo que te interesa es tener la guagua y en eso te enfocas. Los embriones criopreservados quedan ahí, pero hay un sentido de posesión, que todo lo que uno produce es de uno, porque son potenciales hijos. Por eso mismo hay poca donación de embriones porque como es producto del cuerpo de una pareja, sientes que es de ambos. Pero esa sensación inicial, por lo menos para mí, fue decantando un poco. Uno se va poniendo más fría.

Después de que nació mi hijo, me pregunté si quería usar los dos embriones que tenía congelados. Tomar la decisión no es fácil. ¿Vamos a hacer padres de nuevo? Y si no, ¿los voy a seguir manteniendo o los donamos? Me parecía egoísta dejarlos congelados eternamente cuando otros podían ser felices con ellos.

La decisión también es difícil porque es un cierre de ciclo: hasta aquí nomás llegamos con los hijos. No voy a tener más y si los dono no me puedo arrepentir. Lo pensamos durante un mes y hace tres meses decidimos donarlos.

Fuimos a la Clínica IVI Santiago, firmamos un papel de consentimiento y fue todo. En el camino no hablamos del tema. Después sí, y estamos tranquilos porque sentimos que hicimos feliz a alguien. Para nosotros no son nuestros hijos, sino que los de esa pareja. Tampoco nos planteamos si resultó o no. Para los dos, pensar dónde están, qué están haciendo, cómo estarán, no es tema. Quizás por lo mismo pudimos hacer la donación.

Piel, Constanza Merino (19)

Era 21 de julio, un día cualquiera. Estaba en mi casa de Puerto Montt e iba a bañar a mi hija Antonella de cuatro años. Dejé la tina llenándose con el agua al máximo, me fui un segundo y al instante escuché un grito que me paralizó. Antonella se había resbalado y se había caído adentro. Se quemó el pecho, el tórax, los dos brazos, una mano y su pierna izquierda. Llegamos a Urgencia y al día siguiente nos trasladaron a Santiago al Hospital San Borja. Antonella estaba grave. Tenía el 38 por ciento de su cuerpo quemado y estaba con neumonía. Tenía  más probabilidades de morir que de sobrevivir. Yo no lo podía creer.

Me sentía pésimo, muy culpable… Así ocurren los accidentes. Por eso cuando los doctores me comentaron que podía donarle piel para su primer injerto, ni lo pensé: iba a hacer lo que necesitara. Era la forma de poder salvar su vida. Yo no tenía idea de que eso se podía hacer, pero en el hospital San Borja lo hacen desde los 80 (y han tenido 200 donaciones). Los médicos prueban con piel de otros para no arriesgar los injertos de la misma piel del paciente.

Me hospitalicé y me sacaron tejido de la pierna derecha. Desde el muslo hasta el pie. Ver mi piel, en el cuerpo de Antonella me dio pena. Pero también estaba feliz porque con algo mío pudo tapar esas heridas tan feas.

Ahora ella está bien, le dieron el alta después de casi cuatro meses internada. La doctora me comentó que soy una de los cuatro papás valientes que dio piel de la pierna entera. Es verdad que incómoda; pica y hay que tener cuidado con el más mínimo golpe, pero lo volvería a hacer. Creo que incluso lo haría por un desconocido, porque es dar algo que otras personas necesitan. Dentro del drama, poder donarle fue bonito y aprendí mucho.

Médula, Diego Berríos (28)

Mi hermano tuvo leucemia linfoblástica a los nueve años y recayó a los 17. Esa vez yo tenía 20 y estaba empezando a estudiar en el instituto ingeniería en administración. Los médicos explicaron que la recaída dolía mucho más y que había que someterlo a un trasplante de médula ósea. Todos fuimos al Hospital Calvo Mackenna a hacernos exámenes para definir quién era el mejor candidato. Resultó que yo tenía cien por ciento de compatibilidad. Era lo único que quería y me lo tomé muy en serio: el mismo día que me lo dijeron dejé de fumar, empecé a comer más sano y a consumir menos alcohol. Entre talla y talla le decía que le iba a cobrar por la médula y que le iba a salvar la vida.

Cinco meses después los doctores hicieron el trasplante. No quise preguntar mucho, era mejor no saber para no tener miedo y arrepentirme. Fueron 200 pinchazos para sacarme médula y cuando desperté, me dolía la espalda. Mi mamá estaba complicada, no sabía a quién cuidar. Yo le decía que fuera a ver a mi hermano, que estuvo cuatro semanas aislado tras la operación. A mí lo que más susto me daba era que rechazara la médula.

Un día llegó de sorpresa: le habían dado el alta. Nos abrazamos y nos pusimos a llorar. Tras el trasplante su grupo de sangre cambió al mío. Digo esto con orgullo: yo elegí ser donante, pero él me aceptó.

Hígado, Sabina Poblete (38)

Cuando mi hermano me dijo que sí, que yo era la mejor candidata para darle parte de mi hígado a su hija, tuve miedo. Mi sobrina Pascal nació en 2010 y a los dos meses le diagnosticaron Atresia de las vías biliares, que es la ausencia de los conductos que llevan la bilis a otras partes del cuerpo. En sus primeros meses pasó largas estadías internada y pasó a ser prioridad nacional de trasplante. Ni mi hermano ni mi cuñada eran compatibles así es que con mi hermana nos ofrecimos para ser donantes, pero yo creí que iba a ser ella. Cuando supe que era yo pensé en mis dos hijos de cinco y dos años y medio. Si me pasaba algo iban a quedar sin mamá ¿entenderían lo que había hecho o me juzgarían?

Sólo mi marido supo de mis miedos. Nunca lo había visto tan asustado de perderme. Pero me entendía. No había mucho que pensar tampoco. No hubiera podido vivir tranquila si me negaba a ser donante. Tampoco quería decir que no.  No hubiera podido mirarlos a la cara y tampoco hubiera podido verme en el espejo. Pensé en que tenían una buena familia que iba a estar ahí para mis hijos si yo no estaba. No le di más vuelta y le eché para adelante. Había que salvar a la Pascal.

La operación fue un éxito pese a que en ese entonces fue la persona más pequeña que ha recibido un transplante en el país. Meses después, cuando ya estaba bien y Pascal no había rechazado el hígado, me vino el miedo de verdad. Caí en la cuenta de lo que había arriesgado. Es por lejos la decisión más difícil que he tomado en la vida, pero jamás me he arrepentido.

Tengo una cicatriz muy grande en la guata, la misma que tiene ella. Para mí representa la vida y es un motivo de un orgullo. No me la borraría por nada del mundo.

Leche, Francisca Zúñiga (28)

Tengo una hija de tres meses que se llama Sofía y tengo la suerte de poder darle papa. Algo que no puede hacer mi tía. A los pocos meses de su embarazo supo que tenía cáncer. Y en parte por la enfermedad, su hijo Tomás nació prematuro hace tres semanas. Por  la quimioterapia ella no puede alimentarlo y me preguntó si yo podía darle de mi leche. Ella quería que fuera yo porque mi hija es gordita gracias a la leche que tengo y piensa que eso puede ayudar a su hijo a crecer y salir de esta. Ambos están internados en el hospital Sótero del Río y ahí  le comentaron que acaban de inaugurar un banco de leche.

Llevé todos mis exámenes y me dijeron que mi leche era de buena calidad. Todas las semanas lleno siete bolsitas de 150 cc  y las hago llegar en un cooler para que se las den a Tomás. La prioridad es él, pero si sobra también la usan para otros niños.

Hace dos semanas que han dejado de darle suero y  está tomando de mi leche. Mi tía lo pudo ver porque antes no podía hacerlo y ella está evolucionando bien. Me agradece y yo estoy muy feliz: es un alivio pensar que su guagüita está ahí y que está siendo alimentada con leche con todos los beneficios que eso le trae. Espero poder hacerlo hasta el mayor tiempo posible, incluso después de que salga de la incubadora.

Óvulos, Javiera Guajardo (24) 

Había una mujer en la sala de espera diciendo que llevaba muchos meses esperando y que lo único que quería era ser mamá. Ahí me di cuenta de que  yo no podía flaquear. Mi dolor era mínimo comparado con el de ella. Eso fue a mitad de este año, cuando llevaba seis días con estimulación ovárica para donar óvulos. Decidí hacerlo tras ver un reportaje en la televisión. Conocía gente a la que le había costado tener guagua y hacía tiempo que buscaba una forma de ayudar que no fuera material. Pero tenía que ir todos los días de Valparaíso a Viña para que me inyectaran y así lograr la estimulación. Por esos días empecé a dudar. Estaba hinchada y no tenía a mi familia cerca. Escuchar a esa señora fue clave para seguir.

Mi pololo y mi mamá son los únicos que saben porque hay gente que no lo entiende. Una vez que tenía que ir a Viña le expliqué a un profesor lo que estaba haciendo y me preguntó por qué estaba donando un hijo. Pero no siento que sea mío. Yo no le estoy dando la vida, sólo ayudo a  su mamá a que se la dé.

No lo hice por plata como algunos piensan. Al principio del tratamiento me dijeron que daban dinero, pero lo olvidé y al final me dieron plata. Lo llaman una compensación por las molestias y para solventar los gastos.

No sé quién va a recibir mis óvulos y tampoco quiero saberlo. ¿Y si no le fue bien? Prefiero la incertidumbre.

 

(Fuente:  http://www.latercera.com/noticia/tendencias/2015/11/659-657790-9-darse-por-entero.shtml   y selección de Paloma de la Paz)

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