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Por Fernando Paulsen

(Fernando Paulsen Silva (N.11 de marzo de 1956) es un periodista chileno. Ha participado en múltiples programas de radio y televisión además de tener columnas en diarios y revistas)

Escribo esto a la 1:30 de la mañana. Todavía golpeado por la inmensidad del testimonio de James Hamilton en Tolerancia Cero. Trato y trato de imaginar el impacto de un testimonio sin bozal ni cedazo, infrecuente hasta la vergüenza de constatar la abundancia de indirectas y eufemismos en el lenguaje cotidiano.

Sí, Hamilton dijo en cámara que el anterior arzobispo de Santiago, Francisco Javier Errázuriz, “es un criminal“. Y, sí, mencionó a cuatro obispos de la iglesia católica, por sus nombres, como posibles cómplices o encubridores de los abusos sexuales de Fernando Karadima. Y lo dijo en vivo, al aire, sin titubear, agregando datos tras cada nombre, como para que no quedaran dudas que era a ellos exactamente a quienes se refería.

¿Cuánto tiene que padecer una persona para estar dispuesta a arriesgar penas sociales, laborales y familiares inmensas con tal de transmitir a otros lo que pasó en la intimidad de una parroquia? Mientras más lo pienso, más me acuerdo de un libro intrascendente que, por error, compré hace como tres años antes de subirme a un avión en el aeropuerto de Boston, EEUU. Digo por error porque creí que el libro era sobre Martha Beck, una de las asesinas en serie más famosas de ese país, y descubrí que Martha Beck era el nombre de la autora y el libro era de sicología pop, de esos de autoayuda para -en diez pasos- cambiar tu vida por la fuerza de tu voluntad.

Fue en ese libro de tránsito donde por primera vez leí sobre un sicólogo llamado Steven Hayes y su diferenciación entre lo que denominaba dolor limpio y dolor sucio.

Dolor limpio es aquel que se produce por acontecimientos que son parte de la vida: una fractura haciendo deporte, la muerte de un ser querido, cuando te patea una polola, el despido del empleo, el accidente en la carretera. Todo eso causa dolor, se padece intensamente por un tiempo y puede superarse con aceptación, terapia o, simplemente, cuando se recupera el hueso, se encuentra un nuevo trabajo o aparece un nuevo amor.

El dolor sucio, sin embargo, es autoprovocado y autosustentable. Crece en la intimidad de la mente como una constante subvaloración, un goteo incesante de menoscabo sobre nosotros mismos. Se basa en las razones que nos damos para que nos haya pasado lo que nos duele, y por qué lo que nos ocurre nos hace diferentes. Es el “cómo soy tan débil y tan malo para la pelota”, de la fractura; el “por qué no estuve más tiempo con mi papá”, o el “no puedo vivir sin ella”; el “soy un bueno para nada”, luego de ser despedido; el “no tengo perdón de Dios”, del conductor del auto que se estrelló a toda velocidad. El dolor sucio puede permanecer mucho más en el tiempo, trapea con la autoestima, no tiene medicamento que lo calme y se reproduce cada vez que se debe enfrentar un evento similar.

En los relatos de las víctimas de abusos sexuales en el Caso Karadima todos mencionan el dolor y la angustia de no haber sido reconocidos como víctimas por años. La desatención intencional de la iglesia católica durante mucho tiempo alimentó la mantención de ese dolor sucio, incluso cuando las víctimas habían reconstruido sus vidas, se habían convertido en profesionales y se readaptaban a la liturgia de la vida cotidiana. El dolor limpio había sido superado, pero el sucio, el que te sigue como sombra, estaba ahí más vivo y presente que nunca, a medida que se les ignoraba, se les dilataba, se les mentía. Fue ese dolor sucio el que se advertía en cada palabra de Jimmy Hamilton este domingo. Porque si bien el nuevo arzobispo les había pedido perdón el viernes, “a nombre de la iglesia”, la reivindicación que esperaban tenía que ver con ellos mismos, con la forma cómo se presentaban en sociedad después de fallos vaticanos y reaperturas de juicio. Un atisbo de esa imagen de víctima recientemente reconocida fue la elocuencia brutal de Hamilton para nombrar y apuntar, sin temer represalias ni querellas, porque lo que duele ahora es el silencio propio de años, la confesión de la anterior pasividad y la convicción de que ese dolor sucio se cura en gran parte con un tsunami de verdad sin cálculo.

Esa es la paradoja del caso Karadima. Las primeras denuncias se trataron como se trataban todas las que implicaban sacerdotes en abusos sexuales: dilatando investigaciones, negando la credibilidad de los denunciantes, amenazando con represalias. Lo anterior conduce inevitablemente a un manto de silencio eterno sobre lo denunciado. No se filtran detalles, se protegen nombres y se aparta del grupo a los denunciantes. Así ha sido por décadas. Hasta que un puñado de víctimas, con mucho que perder, arriesgan perderlo todo para que las cosas se sepan. Si no es dentro de la iglesia, entonces fuera, en los tribunales ordinarios. Que se sepa la verdad inicia el proceso de reparación del dolor sucio. Y se juntan cuatro, más un abogado, y arman un caso basado en las experiencias de cada cual. Por eso sus testimonios son tan descriptivos, llenos de información precisa, más que de opinión y teorías. Porque es a partir de lo que conocen y les desgarra, sus casos y sus silencios de años, que se construyen los testimonios que les devuelven la dignidad al cuerpo.

La memoria es la última reserva personal contra el poder de las instituciones. Las víctimas de Karadima son hoy más fuertes que él y que su feudo en la Parroquia El Bosque. La paradoja consiste en que inspirados en la arrogancia de dos mil años de métodos y maquinarias de dilación e investigaciones destinadas al basurero, el resultado ha sido la creación de un ruido ensordecedor, que ya no se puede detener con dinero, ni amenazas, ni con la administración voluntarista de la furia de Dios.

“El arzobispo Errázuriz es un criminal”. “Juan Barros, hoy obispo, violó un secreto de confesión”. “No se investigaron dos suicidios de niños del mismo nivel en el colegio Verbo Divino”. Las frases no se detienen y pueden gatillar a otros católicos para que aporten a la transparencia, ampliándola geográficamente, contando sus casos y dejando que el flujo largamente contenido inunde los lugares públicos y descubra a los responsables.

La vieja iglesia institucional y sus prácticas están bajo juicio y eso a muchos les molesta. Hay demasiada transparencia, mucho testimonio detallado, poco miedo. Hay entre las víctimas mucha rabia contra uno mismo, el más fuerte de los dolores sucios, exigiendo, por fin, que se equilibren las voces de la jerarquía con las de las víctimas. En esa ecuación de relatos, los documentos archivados, las copias firmadas, el código canónico se enfrentan a gente que habla y cuenta eventos, nombrando a los presentes por sus nombres, yendo abuso por abuso, sin demora, toqueteo tras toqueteo del otro lado de una puerta cerrada, habiendo decenas que saben lo que pasaba detrás de la puerta y que hoy observan, con horror, como sus nombres pueden ser expuestos y les falta la coartada. La memoria gana terreno y opone al ritual milenario de la negación tan solo la palabra.

Es la hora de las víctimas. “Fiat justitia ruat caelum”, dicen Hamilton, Cruz, Murillo y los que vendrán. “Que se haga justicia, aunque se venga abajo el cielo”.

(Enviado a través de un mail por mi hermana Lina María desde Viena)

Biografía de Fernando Paulsen Silva:

 

Fernando Paulsen

Estudió en el Colegio San Ignacio, egresando en 1973, después ingresa a estudiar periodismo en pregrado en la Pontificia Universidad Católica de Chile y el postgrado lo hizo en la Universidad de Texas en Austin.

De vuelta en Chile, se incorporá a la revista Análisis y en el noticiero Teleanálisis, durante la dictadura militar chilena, llegando al cargo de subdirector. Además fue corresponsal de Time y The Wall Street Journal.

Inicia su etapa en televisión en 1993 cuando llega al naciente canal La Red donde se desempeña como Productor Ejecutivo, creador y conductor del noticiero Punto y luego director de noticias hasta 1995. En 1996 pasa a Televisión Nacional de Chile donde creó el noticiero nocturno Medianoche, al año siguiente, en 1997 y hasta 1999, fue director del diario La Tercera y del diario La Hora, del Consorcio Periodístico de Chile, Copesa. Regresa a la televisión en el 2000, en Canal 13, haciendo varios programas, entre ellos El Triciclo (2000-2002) y El Puente (2002). En el 2003 ingresa a Chilevisión donde conduce el programa nocturno de noticias Última Mirada. Al año siguiente es panelista del programa Tolerancia Cero del mismo canal. En junio de 2007 Paulsen se retiró de ambos programas para ir a estudiar a la Universidad Harvard.

Es conductor de Palabras Sacan Palabras de Radio Futuro, que hasta su regreso a Chile condujo desde Harvard.

En agosto de 2008, Fernando Paulsen regresó a Chile y retomó su espacio de panelista en Tolerancia Cero.

En marzo de 2008 se integra como panelista de ADN Radio Chile, en el programa ADN Hoy, que conducen los periodistas Alejandro Guillier -con quien compartió la mesa de Toleracia Cero, de Chilevisión- y Beatriz Sánchez. Desde septiembre conduce el programa Prueba de ADN, de la misma emisora.

Actualmente se desempeña como columnista del diario La Tercera y profesor de medio tiempo en la Escuela de Periodismo de la Universidad Adolfo Ibáñez.

Es casado con Paula Valdés Larraín.

5 Comments

  1. ” Preocupación causó ayer en el clero de Santiago una crítica formulada al cardenal Francisco Javier Errázuriz por sus actuaciones, cuando era arzobispo, en el caso Karadima. El ex capellán de La Moneda, Percival Cowley, lo acusó de “indolencia” y “desidia”. Estos dichos se sumaron a los emitidos por los cuatro denunciantes iniciales del ex párroco de El Bosque, Fernando Karadima, condenado por abusos sexuales por el Vaticano.”

    (Fuente: http://diario.latercera.com/ y selección de Yugurta Domingo)

  2. “Fuentes eclesiásticas afirman que entre el clero causó inquietud que los cuestionamientos subieran de nivel, pasando de los denunciantes a un sacerdote de Santiago.
    Lo anterior, aunque quien habló es un religioso perteneciente a una congregación (los Sagrados Corazones) y no al clero diocesano. De acuerdo con estas fuentes, también causó impacto la afirmación de Cowley, a Radio Zero, de que “en Roma hay una mafia”.
    (…)

    (Fuente: http://diario.latercera.com/ y selección de Yugurta Domingo)

  3. “El cardenal ayer respondió, vía e-mail, estos dichos: “Sus palabras reflejan el sentir de quienes han tenido que esperar un largo tiempo para encontrar una sanción”.
    Acerca de la suma de críticas, sostuvo que “los distintos pareceres no van a provocar un quiebre en la Iglesia de Santiago, cuya unidad se basa en Jesucristo, y que se caracteriza por su fe y su aprecio a los pastores”.
    Errázuriz mencionó también el período en que dejó en suspenso la indagación a Karadima: “En todo este proceso, no exento de vacilaciones al inicio, no hay que perder de vista ni su conclusión severa ni los canales que ha abierto la Iglesia para llegar a la verdad con prudencia”.
    Destacó que esto se hizo “levantando prescripciones para que se practique la justicia y se reconozca la verdad de los acusadores”.
    Sobre los dichos de una supuesta mafia en Roma, afirmó que “trabajé casi seis años en el Vaticano como arzobispo (…). Quedé admirado por la gran generosidad, el desinterés, la rectitud”. (…)

    (Fuente: http://diario.latercera.com/ y selección de Yugurta Domingo)

  4. “El ex capellán de La Moneda dio ayer una serie de entrevistas, donde describe su participación en el caso. Relató que, en 2005, el médico James Hamilton le refirió los abusos de Karadima.
    Dice que tras esto se contactó con monseñor Ricardo Ezzati, entonces obispo auxiliar de Santiago, quien le explicó las alternativas para hacer una denuncia eclesiástica. Relata que dos años después se encontró con Hamilton y éste le dijo que no había ocurrido nada con la causa. Por ello, cuenta, pidió una audiencia con Errázuriz, que no le concedieron.
    Asegura que luego se encontró con el cardenal en un funeral y que éste, “enojado”, le dijo que todo era mentira. “Es lo peor que he recibido como insulto en mi vida (…). No del pastor de la Iglesia solamente, sino que de mi pastor”, dijo a La Tercera.
    Sobre el desempeño de Errázuriz en el caso, resaltó el período en que la causa quedó congelada: “Hay un período significativo entre el informe de Eliseo Escudero (primer promotor de justicia) y la gestión que realizó como promotor, en el último tiempo, Fermín Donoso. Ahí no se hizo nada”.
    El obispo de Valparaíso, Gonzalo Duarte, defendió ayer vía e-mail a Errázuriz. Sostuvo que “es un trabajador infatigable y muy preocupado de hacer bien las cosas, tanto en el fondo como en la forma”.

    (Fuente: http://diario.latercera.com/ y selección de Yugurta Domingo)

  5. “Denunciante Batlle asegura que hubo “encubrimiento”
    Fue el único de los cuatro denunciantes iniciales del ex párroco de El Bosque, Fernando Karadima, que el viernes 18 no llegó a las oficinas del Arzobispado de Santiago, en Erasmo Escala, para reunirse con monseñor Ricardo Ezzati.
    Luego que en febrero el abogado Fernando Batlle se retirara como querellante en la causa, había guardado silencio. Hasta ayer.
    A través de una declaración pública manifestó su apoyo al médico James Hamilton, también denunciante inicial, y apoyó sus críticas al cardenal Francisco Javier Errázuriz, quien era arzobispo cuando se realizaron las denuncias.
    “Nunca antes vi un caso de encubrimiento tan claro. Las cosas hay que llamarlas por su nombre. Eso no es prudencia”, afirmó.
    Batlle precisó que fue “primero a su oficina, donde se negó a recibirme, y luego le escribí un extenso email contándole toda mi situación, mail que nunca me contestó”.
    Añadió, sin dar nombres, que “hay muchas personas de la Iglesia involucradas, lo que pasa es que nadie se atreve a decirlo”.
    En términos más generales, pidió “eliminar la prescripción en materia penal” para este tipo de casos.

    (Fuente: http://diario.latercera.com/ y selección de Yugurta Domingo)


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